Bloody Beetroots en Apolo: Aquí huele a iglesia

Hubo música de organillo, crucifijos, agua bendita (directa de sus bocas a la pista) y caretas por doquier. Podría ser la crónica de la visita de B-16, pero no. El Papa no estuvo allí. Eso sí, nosotros fuimos por una noche tribu de fieles al sonido electro-punkrocker más salvaje del momento. Ya hubiera querido la Santa Sede tenernos en la Sagrada Familia haciendo cola. El pasado viernes noche había que ir a misa y comulgar. Y vaya si comulgamos.
La sala no se vería completa hasta las 23.00 en punto (hora a la que estaba prevista la salida de los Señores Beetroots). Minutos antes daba la impresión de que esta vez se iban a llevar un recuerdo flojo de Barcelona. No caería esa breva. Esa breva nunca cae en Barna y menos en Apolo.El desbarajuste se predecía. A las 22.30 ya se veía a más de uno (sobre todo en las primeras filas) luciendo tapones en los oídos. Aquí hay mucho niño rico en edad de merecer -le decía una asistente a su acompañante. Lo corroboro. Ambiente internacional con muchas voces italianas. Los paisanos tenían que ir a hacerles ruido, no había elección. Se abría el telón pocos minutos después de lo anunciado. Música de organillo que se fundía con un extraño sentimiento calmado-nervioso entre el público. "Church of noise" -rezaba el panel que había colocado en el escenario con una parafernalia escandalosa de luces. Reminiscencias de Justice con sus crucifijos y sus motivos religiosos. No llegaba a los tres minutos de ensimismamiento en la pregunta: "¿qué harán cuando termine este momento tranquilo?" y la explosión de una iluminación espectacular hizo que más de uno perdiera la copa, el cigarro, los zapatos, los amigos y las formas. A ver ahora quién encuentra el lugar en el que llevaba rato esperando este momento. Estaba el patio de no-butacas manga por hombro como diría mi madre. Domino daba la bienvenida al más puro desorden en la pista, FFA 1985 le seguía el rollo y Escape enviaba nuestras almas al infierno en el que arden las guitarras.

Lo que todos llevábamos soñando desde hace días no se hizo esperar. El "los 25 euros merecían la pena" tomaba forma en Warp 1.9 poco después. ¡Qué poco duelen los pisotones, las quemaduras y los empujones a ritmo de Bloody Beetroots, joder! Había momentos que no se sabía si estábamos en un Festimad con los Slipknot, en un concierto de los Crystal Castles, en medio de una sesión techno-hardcore en la Pont Aeri o en un todo junto que nos arrastraba al drama más estricto. El Apolo se nos venía encima y no es una exageración. Alguien dijo: Esto no se hunde porque somos irregulares, si los botes fueran todos a una la sala se iría al traste. Afirmación respaldada por esta cronista que no daba crédito de las maneras en que temblaba el suelo.

En la recta final ya no se aguantaban las camisetas, ni los accesorios bloodybeetrorianos (nuestro amigo Spiderman se daba por vencido y terminaba agitando la careta entre las manos porque el calor se hacía insoportable). En las primeras filas más de una se decidía a dejarse llevar por encima del público, confiando ciegamente en los brazos de los asistentes desconocidos. Y en la parte de atrás se practicaba más la subida en hombros ajenos. El caso era la poner en marcha la doble altura. ¡Qué escándalo!

Casi hora y media de concierto. Sí, concierto y con bis incluido (no nos dieron el gustazo de escuchar el Warp 1.9 por segunda vez, pero sí repitió Cornelius). Qué manera de tocar baterías, guitarras y teclados. Había un tercero en discordia y no era Steve Aoki, pero enhorabuenas para el apadrinado. Ovación para el nuevo show de los italianos y también para los asistentes, que dieron la talla en un estado de tres y media de la mañana muy sano. Posdata: la desubicación de salir del garito a la 1 de la mañana con dolor de cuerpo entero después de haberlo dado todo y creer que eran las seis (y tocaba mañaneo) no nos la quitó nadie.
Alicia Álvarez
Fotografía: Estrella Adé





